jueves, 30 de julio de 2009

Relato -- Manuela

Manuela, nombre resuelto, hembra española y de armas tomar.

Más sin embargo, esta Manuela no le hacía honores a su nombre. Ni brava, ni resuelta; mejor dicho, humilde, pies descalzos, de la comarca indígena de las montañas .
casitas de pajas con camas de bambú con cuatro palos duros dispuestos con mecates y alguna sábana raída para taparse de los mosquitos.

Caminos amplios de tierra roja, encendida. Noches tachueladas por luciernagas, noches de carbón con luces brillantísimas y sólo la luz del astro señalaba el camino. Si una nube perdida atrevesaba el mapa estelar, la ceguera quemaba los ojos momentáneamente.

Saliendo el sol, dos guilas que bañar con el agua de balde del aguacero de ayer, mientras otros dos comían tortilla fiambre y le tiraban al cazador los sobros.

Manuela tenía una chiquilla de once años y se cargaba dos indiecitos en su tierna cadera, una criatura en cada lado.

En este bajo, en medio del montazal, montaña y barro, yacían otras casitas o chozas sembradas: chiquilines que corrían desnudos y descalzos, su piel del café tostado, y esa gran pretuberante panza cundida de lombrices a falta de servicios de la unidad de la Caja del Seguro.

Un camino de tierra colorada desembocaba en una quebrada en la que lavaban ropa las indias, sobre los pedregones negros y filosos y ahí se bañaba la comarca, a excepción de los hombres que casi no tocaban agua, al menos por un mes.

Manuela parió a cada uno de sus hijos con ayuda de la comadrona María. Un guila se le murió de apenas dos años por la fiebre amarilla, todo esto acaeció cuando vivía su marido, un tal Trinidad, mezclado de indio campesino.

Sola desde una década de ayeres, el hambre, la yuca sancochada, el mosquero diario convivían en su choza.

Encontraba el cinquito para comer, de un par de campesinos del área de Parrita, a los que usaba por amantes. Viejos canosos, que se servían de su propio ego para levantarlo y no quedar tan apaleados por la disfución de los años.

El tal Bartolomé Herrera ignoraba el arreglo de amor que se tenía Manuela con el otro hombre, el Toño Salas. Cuando se dio por enterado, el sudor le bajaba frío por las sienes bajo el sombrero de ala. Llegó una tarde con un atado de verdura. En eso divisó desde no menos de cien varas al Toño, sopeando algún caldo en la cocina de la mujer.

Tiró el manojo al suelo, se limpió el sudor que le causó dicho estupor, cogió su cutacha dio unos pasos y enseguida se desplomó. Unos chiquillos corrieron a socorrer al viejo, el corazón del hombre simplemente no aguantó el desamor de Manuela.

Cuál era la culpa de la chola, muchos hijos que sustentar, el cinco y la comida que recibía se los mantenía un poco lozanos.

Bartolomé se levantó, cogió su cutacha de nuevo y se internó en el monte a matar algún animal, preso por el desencanto. Cuando cazó el animalillo, tomó la presa caminó montaña arriba y se la llevó a su propia mujer que lo esperaba en el corredor con los dos chiquillos chorreados.



2 comentarios:

  1. Parece que fuese un fragmento de vida real. Duro, descarnado, pero real.

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