lunes, 11 de julio de 2011

Gracias al Fuego, Mario Benedetti


En estos últimos días he estado leyendo Gracias al fuego de Mario Benedetti.  Una historia muy bien contada, que salta de tiempos presente- pasado de manera tan sutil, que pasa de yo al él de una manera delicada.  Historias acaecidas en Uruguay, sobre política, corrupción, una familia con sus entretejes suculentos, problemáticos... Aquí comparto un texto que realmente me hizo gracia.

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"Húngara a secas. Qué tipa. Mezcla sexo con folclore y con patria. Acostarse con ella es también acostarse con las hordas de Arpad, con San Ladislao...

Después de haber estado con semejante persona, es fácil caminar distraído en una noche sin luna ... y entonces paso el primer alambrado y después el segundo, y atravieso, mejor dicho, intento atravesar las vías en cualquier lado, pero no advierto que estoy a la altura del desvío, y pongo mi pie derecho en los rieles en el preciso instante en que desde la Estación Colón hacen el cambio, porque ahora va a pasar el tren de la una y siete, y quedo atrapado, estúpidamente atrapado, y el dolor no me importa, lo que me importa es la absoluta seguridad de que dentro de cuatro minutos, cinco a más tardar, pasará el tren de la una y siete, y no podré escaparme porque este cepo de hierro me ha tomado casi a la altura del tobillo, y el pie queda allá abajo y sin escapatoria, y desde el pie me sube un horror que no es sólo miedo a la muerte sino conciencia de mi estupidez, conciencia de que si hubiera dado mi paso diez centímetros más allá o más acá, ni siquiera me habría dado cuenta del peligro corrido, o a lo sumo, habría pensado que estaba por pasar el tren de la una y siete, y hace frío y viento y sin embargo yo sudo y me agito y digo repetidas veces. Peste de Húngara, como si la pobre Erzsi, que hace tan bien el amor y sabe tanto de historia, tuviera la culpa de esta necedad mía, y prometo que si me salvo pasaré siempre por la barrera, pero sé que se trata de una promesa completamente inútil porque nadie puede zafarse de esos hierros, y forcejeo, y siento el primer ruido del tren, y un torrente de imágenes, aisladas o superpuestas, pasan por mi cabeza, y alcanzo a pensar, igual que los ahogados, las cosas más dislocadas y fragmentarias, mi madre alcanzándome una empanada de carne, y por qué no de espinaca o de pollo, nada de eso, mi madre alcanzándome una empanada de carne, las trenzas de Julia, una de ellas a medio soltar, el zapato del Viejo apretando el pedal del embrague, sólo el zapato, por qué, una azotea con una sola camiseta tendida que agita las mangas como brazos, otra vez Mamá pero ahora lavándome los pies en una palangana celeste con un bordecito azul oscuro, nunca conocí esa palangana, cuándo pudo Mamá haberme lavado los pies, mis pequeños y rosados pies en una palangana celeste con un bordecito azul oscuro, y también la Vía Láctea, pero esto no es imagen en mi cabeza sino que está arriba en este cielo que veo, y el ruido del ferrocarril es cada vez más audible, más imponente, más cercano, y mi forcejeo es ya totalmente enloquecido, una especie de presión circular que me lastima horriblemente el tobillo, y el tren, quiero rezar pero mezclo las oraciones aprendidas hace tantos años, padrenuestro que estás en los cielos llena eres de gracia, no sé, no sé nada, además a Dios qué le importa de mí, del tren, de mi pie, del pie de mi padre, ahora sin zapato, aprontando el pedal del embrague, y el tren, y la luz que empieza a iluminarme, y la piel de Rosario, y la piel de Rosario, la piel de Rosario, Rosario, Mamá, y el tren monstruoso, enorme, con su espantoso ojo de luz, padre nuestro, ya está, ya está, grandísimo, no, a mí no, aaaay, zafé y pasó en vez de pasó y zafé, mi pie está aquí, entre mis manos, sin zapato, y el tren pasó, mi pie está conmigo, yo soy mi pie, cómo pude, cómo, el ruido se aleja, se pierde, mi pie querido, lastimado, sangrante, feliz, mi pie feliz y mío, qué lindo este dolor cuando me paro, mi pie, lo tengo, gracias a quién, no supe el padre nuestro, Húngara buena, no quiero ver cómo quedó el zapato aunque ahora se abrieron los rieles, cómo sudo y qué frío, qué chucho, pero tengo mi pie. Tuve cualquier cosa menos serenidad, porque todavía hoy pienso en eso, y me recorre un escalofrío, y aquel horrible ojo luminoso, aquella suerte de cíclope que se me acercaba, ha aparecido por años en mis pesadillas. Todas mis comidas pesadas, homenajes, despedidas de soltero, pavos de Navidad, terminan para mí en un ferrocarril que se acerca mirándome, como si disfrutara de antemano con mi aplastamiento, y curiosamente en mis sueños nunca me salvo, nunca consigo extraer el pie en ese último tirón desesperado. Pobre de Ríos. Su ferrocarril viene más despacio, pero aquí no hay último tirón que valga. Sus preparativos, su pacífica previsión, sus cuidados hacia la nieta, me parecen el equivalente de que yo, con el pie atrapado, me hubiese puesto a cuidar la raya de mi pantalón, o a peinarme, o a silbar un tango, o sacarme mentiras de los dedos...No entiendo cómo es posible analizar el propio pánico, no a prudente distancia, como yo puedo hacerlo ahora, sino en el centro mismo del terror, como lo hace Ríos con tan pocos meses que le restan de vida..."
Página 133.

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Podía haberle dicho a la secretaria carnosa si quería que la llevara, creo que vive por el Buceo. Quizá haya sido mejor que no. Capaz que interpreta mal. Toda esa gente que camina conmigo, o está sentada en los bancos de la plaza dando miguitas a las palomas, o esos tipos que de pronto se detienen y miran en el vacío y después siguen caminando y hablan solos y hacen gestos. ¿Qué será cada una de esas vidas? Cada tipo camina con su mundo de problemas, con sus deudas, sus masturbaciones, sus rencores, sus nostalgias, las cosas que quiso ser, y esa poca cosa que es. Así como yo pienso y repienso, y siempre ando alrededor de seis o siete imágenes: el Viejo, Dolores, este país casi indescifrable, Gustavo, por supuesto Susana, la idea de la muerte, Dios o lo que sea; así como yo giro alrededor de mi centro, y creo que el mundo empieza y acaba en mí, que todo existe en función de mis dudas, así también cada uno de esos pobres diablos cree que su drama es el Gran Drama, cuando en realidad a nadie le importa un carajo, así en la tierra como en el cielo. Al fin el auto. Feliz de él. Todos sus problemas los soluciona el mecánico. Pero cuando a mí me falta un sentimiento, un pistón digamos, o mis válvulas de escape están gastadas, o la nostalgia, el sistema de encendido digamos, tiene atrasada la chispa, no hay mecánico que pueda arreglarme.  Página 192

2 comentarios:

  1. Gracias, Jill, por este exquisito paseo por las vueltas de la memoria.

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    1. Es un libro cautivador. Gracias x pasar a leerme

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